Quiere que su pintura sea carne verdadera, carne mortal. Y logra representarla de tal manera, que sus cuadros transmiten el pálpito humano, con sus formas y deformaciones, posturas y expresiones. Porque Lucian Freud (Berlín, 1922), de nacionalidad británica desde que en 1934, a causa del nazismo, se exiliase al Reino Unido, es un creador que lucha batalla tras batallas en su taller, hasta culminar proyectos en los que el cuerpo humano aparece como cartografía de su propio destino. La retrospectiva que le dedica el Centro Pompidou, de París, con medio centenar de grandes formatos acompañados por obra gráfica y fotografías, escenifica, a través de cuatro apartados, siguiendo un concepto tetralógico que parte de su propio taller, la relación del artista con su medio, interior/exterior; el autorretrato en el segundo epígrafe; para seguir con recreaciones o "visitas" a maestros como Chardin, Constable, Cézanne o Picasso; y "la carne": Quiero que la pintura sea carne..., y consigue que el espectador así la vea.|
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