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Con una mesa redonda titulada "El Plan de Estabilización de 1959. Diez lustros después", programada para el 11 de enero, la Fundación Rafael del Pino, de Madrid, conmemora los comienzos del cambio en las estructuras económicas de España, abriéndolas a los mercados internacionales para, quebrando la tan entonces acariciada política autárquica, imperante desde el final de la guerra civil, desarrollar sus potenciales recursos con una industrialización adecuada.
El año 1959 se iniciaba en Europa con la Aplicación del Tratado de Roma; en Francia, De Gaulle ocupa la Presidencia de la República; los castristas se adueñan de Cuba... y el Real Madrid gana la IV Copa de Europa, que eso era importante para entretener al Respetable. El general Franco se había visto obligado a desprenderse, desde el final de la II Guerra Mundial, del ideario falangista que, poco a poco, lo dejó vivo en su reducto sindical, mientras personalidades católicas y hasta tradicionalistas ocupaban lugares destacados en la gobernación; hasta que llegaron los tecnócratas del Opus Dei, expertos menos comprometidos con los Principios del Movimiento, y más sensibles a lo por venir; y para ese futuro era necesario una España con economía sólida, capaz de contar entre las potencias de la Europa que se estaba construyendo, y de la que un día debía formar parte.
El Plan de Estabilización, preparado por los ministros Mariano Rubio, de Hacienda, y Alberto Ullastres, de Comercio, incidía en tres aspectos de la economía española: una política monetaria coherente y el control de la inflación; mejorar la formación del sistema de precios; y lograr un mayor equilibrio de la balanza de pagos, asegurando el abastecimiento nacional. Las medidas de austeridad y regeneración económica contemplaban una gestión más abierta del sistema bancario hasta entonces muy intervenido; limitación del gasto público; amnistía para los capitales fugados si se repatriaban en seis meses, y otros preceptos tendentes a sanear e impulsar la economía en general.
Fue el primer paso de un gran cambio; el necesario para que España dejase de ser, en poco más de una década, un país subdesarrollado para entrar en el grupo de las potencias industriales. El segundo paso fueron los Planes de Desarrollo, que, con Laureano López Rodó al timón, buscaron un mejor equilibrio entre regiones mediante polos y polígonos industriales, universidades laborales y mejoras en las comunicaciones, sin olvidar el aprovechamiento hidráulico tanto para producir energía como para regadíos, repoblaciones forestales y lucha contra la erosión. Así se establecieron industrias hidroeléctricas, petroquímicas, de bienes de equipo, siderúrgicas, navales, aeronáuticas, pesquera... un tejido fabril que impulsó el crecimiento del sector servicios, con el turismo como bandera, transfiriendo personal cesante de las zonas rurales a las cosmopolitas.
Pero la nueva economía sufrió el impacto de la crisis del petróleo, agudizada en los primeros años setenta; problemas de encaje que los sucesivos gobiernos de la Democracia no supieron resolver adaptando las capacidades a los nuevos planteamientos de la economía mundial. Y en un periodo alegre y confiado, los ahorros se encauzan al sector de la construcción... sin considerar que toda edificación, para que sea sólida, precisa cimientos suficientes, un fundamento económico asentado sobre los verdaderos recursos productivos puestos en función.
Ahora, cuando se cumple medio siglo del Plan de Estabilización, bueno sería pensar en otro adecuado a la situación presente: habría que recortar (mucho) los gastos de las administraciones públicas, bajar los déficit tanto públicos como los generados por la balanza comercial que no deja de transferir riqueza al exterior, reconducir la deriva táifa de las comunidades autónomas y, a partir de ahí, reformar casi todo, empezando por el sistema de enseñanza y la justicia, la defensa del honor y de la intimidad... porque los medios de comunicación son, para no extendernos, una leche.